Enzo Ferrari y John Surtees

John Surtees fue una anomalía dentro del universo Ferrari. No solo por haber sido campeón del mundo en dos y cuatro ruedas, sino porque, a diferencia de casi todos los pilotos extranjeros, comprendía a Italia desde adentro. Hablaba el idioma, vivía en el país y había construido con Enzo Ferrari una relación de respeto casi filial. Durante un tiempo, pareció destinado a algo más que a ganar carreras: Surtees tenía el perfil de un hombre capaz de ejercer autoridad en Maranello sin necesidad de imponerla.

Ese equilibrio empezó a resquebrajarse con la figura de Eugenio Dragoni, director deportivo de Ferrari a comienzos de los años sesenta. Industrial adinerado y profundamente nacionalista, Dragoni nunca ocultó su preferencia por los pilotos italianos, en particular Lorenzo Bandini y Ludovico Scarfiotti. Con Surtees, la relación fue hostil desde el primer día. No se trataba solo de estilos opuestos, sino de poder.

En 1963, durante las 12 Horas de Sebring, Dragoni permitió que otro piloto utilizara el coche que Surtees había preparado personalmente. El gesto fue algo más que una descortesía: fue una desautorización pública. Surtees estuvo a punto de abandonar Ferrari en ese mismo instante. No lo hizo. Eligió quedarse, acaso convencido de que su vínculo con Enzo pesaría más que las intrigas internas.

El punto de no retorno llegó antes de las 24 Horas de Le Mans de 1966. Surtees ya venía en conflicto con Dragoni por decisiones técnicas —como la insistencia en usar motores V8 en circuitos donde el V6 era claramente superior— cuando recibió la noticia de que no sería el encargado de largar la carrera. La excusa fue su accidente en Mosport el año anterior. La realidad era otra: semanas antes había ganado el Gran Premio de Bélgica bajo una lluvia brutal, demostrando que estaba en plenitud.

La decisión tenía un destinatario político. Dragoni quería que Ludovico Scarfiotti iniciara la carrera para agradar a Gianni Agnelli, presente en las tribunas. Surtees entendió el mensaje con claridad. Abandonó el circuito, subió a su coche y condujo directamente a Maranello para hablar con Enzo Ferrari.

Ese encuentro selló su destino. Enzo, enfrentado a una elección clásica en su vida, optó por sostener la estructura antes que al individuo. Respaldó a su director deportivo. No hubo despido formal ni escándalo público. Ambos hablaron de una separación “de común acuerdo”. La prensa italiana lo llamó un divorcio. En realidad, fue una renuncia inducida.

Años más tarde, Surtees admitiría que dejar Ferrari fue el mayor error de su carrera. Estaba convencido de que, de haberse quedado, Ferrari habría ganado los campeonatos de 1966, 1967 y 1968. Tal vez exageraba. Tal vez no. Lo cierto es que su salida dejó un vacío de liderazgo que Ferrari tardaría años en llenar, hasta la llegada de Niki Lauda.

Para Enzo Ferrari, Surtees fue algo más incómodo que un campeón: fue un piloto demasiado completo, demasiado autónomo, demasiado capaz de pensar por sí mismo. Y en Maranello, incluso los emperadores desconfían de los hombres que no necesitan ser gobernados. JF1

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